Birongo: la fuerza del chocolate

In PRODUCTORES, PROTAGONISTAS by Liliana Elias

 

En Barlovento, a unos cuantos kilómetros de la población de Curiepe, en el estado Miranda, pareciera que se escondiera Birongo, y la historia cuenta que fue así. Este es un pueblo creado por negros cimarrones, rebeldes, fugitivos, que huían de las haciendas mantuanas de la Colonia para establecerse en un lugar donde pudieran correr libremente; se metieron montaña adentro y encontraron un lugar junto al río. Este pueblo ha respetado sus raíces durante años, su base fue el cacao, ahora quiere que vuelva a serlo.

Texto: Erika Paz (@erikapazr)

Fotos: Raymar Velásquez (@raymarvelasquez)

El camino hacia Birongo es enredado. Cuando se pregunta en la vía por dónde se llega al pueblo en el que se escondían los esclavos, todos dicen que “derecho”. La verdad hay que sortear unas cuántas curvas e intersecciones, seguir la ruta de la montaña llena de vegetación y descubrir luego de un puente el pequeño poblado cuya plaza central es tan modesta como diminuta su iglesia. Esta comunidad se conoce por el golpe de sus tambores, la magia que le atribuyen a sus espacios y el cacao que de su tierra emana. Unas 300 plantaciones de este rubro se encuentran allí desde la época de la Colonia, han aguantado años, han visto generaciones de familias pasar por sus cultivos. No todas son productivas. Algunas encontraron un camino cuando diecinueve descendientes de artesanos locales decidieron que debían darle utilidad al cacao, el oro que en forma de semilla aquí se les presentaba.

Sudor con aroma a cacao

Desde antes de llegar a la fábrica de chocolate Flor de Birongo se siente el aroma del dulce pecado calórico. En la puerta, Mercedes Zamora, Leonel Cardoza, Lupercia Blanco y otros cuantos socios que conforman la cooperativa reciben siempre con una sonrisa al visitante. Esta es el orgullo del pueblo y sus habitantes, la confirmación del trabajo en grupo y la comprensión de la importancia de un producto. En ella regularmente se hace un tour a los turistas para narrar cómo se producen los bombones en el centro de estas paredes y explicar el camino que llevó a los productores por nueve años de lucha y esfuerzos.

Mercedes cuenta que desde que se conocen siembran el cacao, pero antes lo vendían a los extranjeros y ellos les compraban lo que querían y al precio que querían. Empresas Polar llegó un buen día como un Mesías, a través de su fundación les dio las herramientas para sentar las bases de una negocio exitoso, “un suizo” vino y les dio los cursos sobre bombonería, así iniciaron el experimento en casa de Lupercia, “empezamos trabajando un cuarto de kilo de cacao” dice Mercedes “yo dije: vamos a arriesgarnos, ya van a ver que antes de llegar al puente van a estar vendidos esos chocolates, y así fue”, ríe esta hermosa barloventeña. “Y eso que no teníamos el paladar tan exquisito que tenemos ahora”, apunta.

Flor de Birongo produce unas 1.200 tabletas diarias de chocolate que distribuyen en Caracas, en el aeropuerto de Maiquetía y en algunas ciudades del interior del país gracias a que los dueños del negocio han abierto sus puertas al público y se han dado a conocer a través del turismo.

En este pueblo aprendieron a combinar la fabricación de chocolate con ese paseo por sus quehaceres que esperan los ayude a vender su producto. El recorrido por la chocolatera consiste en ver las plantaciones, cómo se cosecha, la fermentación, secado y tostado y lo que más le gusta al turista: la creación del bombón, ese que se hace aquí con mucha paciencia, con la meticulosidad del buen artesano.

Se preparan chocolates rellenos, tabletas, cobertura y un dulce que es la insignia del negocio. Lo llaman Triple X y se elabora con crema de almendra, trufa de licor, naranja achocolatada y crema de maní. Dilso Lobera, otro de los socios, explica en ese momento a los visitantes que ya aprendieron el trabajo y ahora la tarea es enseñar a las siguientes generaciones para que la fábrica permanezca viva en el tiempo.

Mercedes mira, suspira y se lleva la mano al pecho para exclamar: “a mí este trabajo me ha dado todo lo que tengo”. Los otros 18 socios asienten avalando esta afirmación.

IMG_1203

Tradición ancestral

Después del aprendizaje de vida que deja la visita a la chocolatera el viaje continúa hacia el río. Hay que caminar por un pequeño bosque y seguir varios minutos la senda del agua para descubrir un pozo profundo. Ahí espera Yorman Castillo, quien se hace llamar “profesor”. Dice que desde siempre ha trabajado por la cultura de su tierra. Explica que es necesario que los visitantes y los mismos birongueros conozcan de dónde vienen para poder elaborar el camino hacia donde irán. Al principio iba de casa en casa tratando de incentivar a la juventud de su pueblo para que formara parte del grupo que lidera: Estrellas de Birongo.

Hoy en día son los muchachos de la comunidad quienes lo buscan, “muchos están interesados en aprender a tocar los instrumentos, bailar, cantar, comprender nuestra historia”. No se puede separar la fábrica de la muestra cultural que este grupo ofrece, porque el chocolate le dio la idea a los habitantes de este pueblo de hacer que esta comunidad se convirtiera en un poblado donde todos participaran en su mejora.

Las Estrellas de Birongo se disponen a mostrar cómo se logra hacer sonidos musicales con el agua. Castillo explica que este es un método que viene desde la época de la Colonia. Dice que mayormente era una práctica que utilizaban las mujeres que se iban a lavar al río, y estando allí llamaban con el “tambor de agua” a los hombres para ser amadas.

El proceso pareciera sencillo pero tiene su ciencia, y hay que ensayar mucho antes de conseguir un golpe seco sobre la corriente. La idea es que ambas manos formen una especie de hueco donde se produzca un eco que simule el sonido de la mano sobre el cuero del tambor. Luego de esta demostración viene la fiesta con instrumentos de la región.

La hospitalidad a través de la comida

Los jóvenes de Estrellas de Birongo tocan culepuya, quitiplás, guitarra, cuatro, casi cualquier instrumento que se les pase por el frente. Conocen diversos ritmos de su zona, pero también componen algunas canciones que comparten con los turistas. En el momento que comienzan su función, se ven hombres y mujeres del pueblo cargando leña, ollas, verduras y carnes. Es un sancocho que se hace en el río, allí se pelan las verduras, se lava el pollo y la costilla; entre risas, cantos y una amena conversación de cocina empieza a hervir el caldo de la felicidad. Son las mismas personas que se vieron horas antes en la fábrica de chocolate.

Las mujeres hacen a las invitadas algo que llaman baño de rosas y consiste en dejar que las penas de la fémina se las lleve el agua del río, esparcen sobre ellas pétalos de la flor combinados con el líquido que corre por el surco de arena y piedras. Todos ríen, la comida está casi lista. Una voz interrumpe el canto que ha pasado de letras originales, a bailes barloventeños y hasta letras de nostalgia. Ese llamado que cortó la nota musical indica que la comida está lista.

Ahora sí, todos toman totumas y cuchara, hacen fila para recibir la sopa, se sientan a la orilla del río y allí se desarrolla la última actividad del día, comer entre amigos recién conocidos, compartir la mesa llena de la amabilidad de un pueblo, entender por qué las creencias marcan sus destinos y como sus antepasados impulsaron su futuro.