Gladys Blanco: “Soy una enamorada del trabajo desde la semilla”

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Juan Pablo Crespo / @juanpamark
Fotos: Liliana Elías

Tras casi 40 años trabajando afanadamente, Gladys Blanco decidió retirarse para descansar y dedicarle más tiempo a la práctica de la natación y la bailoterapia que tanto le gustan, pero el impredecible destino le presentó una “dulce trampa” de la que no pudo escapar, aunque sí supo aprovechar y transformar en un negocio que hoy la mantiene tan feliz como ocupada a sus 71 primaveras.

Gladys comenzó temprano a ganarse la vida para contribuir con el pan de casa. A los 18 años ya estaba trabajando en Generar Motors (Caracas),  donde laboró hasta que le plantearon el cambio a la sede de Valencia, propuesta que rechazó porque no quería alejarse de su vivienda recién comprada con tanto esmero. Fueron 14 años fructíferos en la transnacional de las cuatro ruedas. Luego pasó ocho años por Revlon y otros nueve por Sonográfica, siempre en el departamento de computación. Finalmente, laboró otros ocho años en un local de venta de repuestos para una marca de vehículos japonesa.

Así colgó los guantes con la visión de tomarse el merecido descanso. “No quería trabajar más”, recordó. La natación, la bailoterapia y caminatas por el Parque del Este se convirtieron en parte de su rutina más destacada. Antes y después del ejercicio, unos cuadritos de chocolate, preferiblemente de Chocolates El Rey, entonces su preferido. “Siempre me gustó el chocolate con alto porcentaje de cacao, una de mis debilidades”.

 

La emprendedora dice que llegó al chocolate para quedarse por “causalidad”.

El encuentro con el maestro

 En una de esas mañanas por el emblemático espacio verde caraqueño Gladys se cruzó con Arturo Somana, de la Fundación Cacao Macuare, un profesional de la semilla y el chocolate. “En aquel encuentro fortuito de marzo de 2015 él me dijo que me enseñaría a elaborar chocolate. Aquella propuesta me fascinó y realicé el taller que impartió ese mismo día en el parque. Estuve desde las 11 de la mañana hasta las seis de la tarde en la actividad. Hasta salí con unas semillas en mis manos”.

De allí en adelante, todos los fines de semana se dirigió al Parque del Este para seguir aprendiendo en los talleres que allí impartía Somana, su maestro. Gladys no esperó mucho para elaborar sus primeros chocolates, fueron días de ensayos y errores, “pero gustaron entre mi entorno y eso me motivó a seguir adelante”. Unos seis meses después, ya los estaba vendiendo con el nombre de Choco Gladys.

 

“Me siento muy feliz con el chocolate, mi familia me dice que se me nota en la cara”.

El primer pedido de bombones llegó por parte del jefe de su hija Daniela, quien los solicitó para unos 15 años y, sin duda, se lució con su regalo. “Ese primer pago lo guardé, así como el siguiente. Con lo ahorrado me compré los primeros 15 kilos de cacao, provenientes de Caucagua. Los granos los molí en casa de Doña Petra, en San José de Río Chico. Así hice mi primera pasta para mis bombones. “Soy una enamorada del trabajo desde la semilla”.

A los talleres con Somana le siguió un curso con el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (Inia) y otro con la Fundación Nuestra Tierra, a la cual ha acompañado por tres años consecutivos en igual número de marcas mundiales organizadas por la fundación tras la realización de la moneda (2015), la cata (2016) y el mosaico (2017) más grande del planeta.

 

Gladys Blanco junto a su hija Daniela, un dúo inseparable.

En su empresa artesanal y familiar Gladys se encarga de la producción de los chocolates, con la ayuda de un asistente de 22 años, cada vez más diestro en el arte del temperado, fase clave para la producción del producto. “El temperado me ha embromado un brazo, pero igual sigo temperando y lo hago con un amor infinito”, apuntó sobre su trabajo, en Los Ruices, donde habita y prepara el dulce alimento. Su asistente realizó un curso con el chocolatero Julio Ledezma porque “debe aprender sobre la actividad que está realizando. Daniela, por su parte, está al mando de los empaques que resaltan la belleza natural de distintos parques nacionales de Venezuela y del manejo de las redes sociales, aunque también se involucra en otras responsabilidades e igualmente viene formándose en el área de la chocolatería, siguiéndole los pasos a su incansable madre.

 

Las barras de Choco Gladys muestran hermosos paisajes de parques nacionales de Venezuela.

 Bombones, chupetas, tabletas y cremas de cacao son parte ahora de la oferta de Choco Gladys, un ejemplo más de emprendimiento a partir del chocolate en días adversos. Las barras de porcentajes como 70%, 80%, 85% y 92% pueden conseguirse en presentaciones de 36, 50 y 70 gramos. “Hemos creado un chocolate natural y saludable, adaptado a los requerimientos de un grupo de apasionados del chocolate con un régimen alimenticio limitado, a las personas de la tercera edad y a los deportistas o amantes del ejercicio”.

 Gladys dice mantener una relación especial con el cacao venezolano, que promociona hasta en ferias internacionales. Al salir el sol y de lunes a lunes, además, consume cinco semillas para aprovechar las propiedades alimenticias que el grano contiene. “Tanto el  chocolate como la semilla tienen un poder natural para levantarle el ánimo a cualquiera, es algo impresionante, ni hablar de los beneficios para la salud. Me siento muy feliz con el chocolate, mi familia me dice que se me nota en la cara”.

A sus 71 años, esta mujer nacida en Santa Teresa del Tuy afirma que seguirá preparándose porque para ella la formación nunca debe detenerse. Como proyecto espera tener un local propio y adquirir poco a poco maquinarias propias de esta actividad. Con Choco Gladys no pudo cumplir con su plan de “no trabajo más”, pues el camino de la vida le presentó al chocolate y no dudó en convertirse en una emprendedora más del dulce y exquisito alimento.

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