Luis Ramírez Méndez: El Quijote que buscaba los orígenes del cacao

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Por: Evelin Antolinez / evelinantolinez@gmail.com
Fotos: Cortesía Luis Ramírez

Así lo imagino. Sentado cómodamente, protegido de la claridad vespertina por una cortina de helechos de más de dos metros, que caen cual riachuelo desde lo alto del amplio corredor de su casa en La Pedregosa, estado Mérida. En sus manos, un libro desteñido por los años y en la mesita contigua, un trozo de torta de chocolate haciéndole compañía a una taza de café.

Ahí está él, todo calma, todo en perfecta armonía con el paisaje que lo circunda: un cielo de límpido color azul, un colibrí que revolotea entre las flores y unas montañas de nieves perpetuas vigilándolo a la distancia.

El doctor Luis Alberto Ramírez Méndez, historiador merideño, profesor en la Maestría de Historia en la Escuela de Historia, Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes, levanta la vista y sus ojos acusan el cansancio de años de lectura en bibliotecas y en archivos antiguos, dentro y fuera del país.

 

Luis Ramírez ofreció una ponencia en el recién finalizado Festival del Chocolate de Mérida.

Los primeros pasos

La historia la lleva en su sangre como parte de su carga cromosómica. Cuenta entre risas que su abuela asegura haber visto pasar a Bolívar por las sierra de Mérida. A pesar de provenir de una familia de agricultores, su madre “una mujer de gran criterio”, se esforzó porque sus hijos, seis en total, estudiaran y dejaran en alto el orgullo de ser merideños.

“Yo fui un niño muy estudioso y aventajado. A los 15 años ya estaba de salida del bachillerato. Mi interés por conocer los orígenes del cacao en Venezuela se inició casi que por casualidad. Tendría unos 17 años cuando, leyendo unos textos antiguos para la asignatura de Paleografía, me encontré con la palabra Gibraltar. Al finalizar, le pregunté al profesor ¿dónde estaba Gibraltar? a lo que me respondió que era un pueblo ubicado al Sur del Lago de Maracaibo”.

Con ese nombre se tropezaría, casi como al azar, en muchas oportunidades. Según la información que aparecía en los archivos de Mérida, debía ser un lugar muy importante, por la actividad comercial que allí existía en ese momento. Ya la curiosidad le había hecho guiños y no se detendría hasta conocer más de esa población. Por algo le retumbaba en el subconsciente. Esa misma curiosidad lo llevaría, años después, a dedicarle parte de su vida a una investigación que dio como fruto los textos:   La tierra prometida del Sur del Lago de Maracaibo y La Villa y Puerto de San Antonio de Gibraltar (Siglos XVI-XVII), El comercio trasatlántico de San Antonio de Gibraltar (Venezuela). Siglo XVII, El sistema administrativo de las haciendas en el Sur del Lago de Maracaibo (Venezuela) Siglos XVI-XVII y el que le dio renombre nacional e internacionalmente: El cultivo del cacao venezolano a partir de Maruma.

 

“Sobre todas esas ciudades que nombré está mi Mérida que me fascina y vivir aquí es un placer, eso es indiscutible”.

“Me llamaba mucho la atención cómo en esa época se movía la economía de Mérida a través del cacao. Además, crecía en mí la incertidumbre, así como también lo llegó a expresar en cierta ocasión Eduardo Arcila Farías, sobre la procedencia de los primigenios sembradíos de cacao y sobre uno de los puntos que han permanecido hasta ahora más oscuros en la historia colonial venezolana, como es la época en que comenzaron los cultivos de cacao… Con esas dudas me enfoqué en la investigación para localizar los cultivos de cacao criollo realizados por los indígenas en el Sur del Lago de Maracaibo. Para ello utilicé la información que proporcionan las fuentes documentales existentes en el Archivo General de Indias (AGI), en el Archivo General del Estado Mérida, en el Fondo Escribanías Españolas, particularmente en la serie Protocolos y Mortuorias, al igual que las resguardadas en la Biblioteca Nacional Febres Cordero, en el Fondo Cabildo Mercedes de Tierras que contienen los títulos originales de la apropiación del suelo, entre otros. Mediante esos testimonios se establece la ubicación de las arboledas de cacao, cultivadas por los naturales, las que fueron halladas por los españoles y la posterior propagación de sus semillas con el propósito de expandir los cultivos de ese delicioso fruto hacia otras áreas de la geografía venezolana y colombiana,” apunta el historiador.

Sin embargo, no se precisaba la ubicación geográfica donde se hallaron esos cultivos de cacao en el Sur del Lago de Maracaibo.

 

El investigador merideño ha dedicado buena parte de su vida al cacao.

La cuna del cacao

“Para responder a esa incógnita es muy valioso el testimonio ofrecido por Luis de Trejo, quien anotó entre sus méritos el haber descubierto el Ancón de Maruma, donde se encontraron más de cien mil árboles de cacao que eran de los indígenas que habitaban la zona…”, precisó.

Luego de un concienzudo estudio, Ramírez pudo llegar a la conclusión de que el Ancón de Maruma “se encuentra en la jurisdicción de la provincia, tres leguas, poco más o menos término y jurisdicción de La Villa de San Antonio de Gibraltar…”, nuevamente Gibraltar.

Es así que Ramírez pudo comprobar y dejar testimonio en sus libros, de que el Sur del Lago, conformado por los estados Zulia, Táchira, Trujillo y Mérida, es la cuna del cacao y no de cualquier cacao, sino también del codiciado Cacao Criollo Porcelana, una  variedad de cacao criollo reconocido mundialmente por su calidad, sabor y aroma.

Este hombre de 59 años, permanece soltero, aunque esté más que casado con “la musa más elocuente y definitiva que existe: la historia”; como la definió el poeta Leonardo Padrón.

“Mi rutina de vida es trabajar todos los días. Generalmente me levanto muy temprano. Me siento a escribir desde las 7 de la mañana y me levanto de mi escritorio a las 12 del mediodía. Luego almuerzo, descanso una hora y media, estoy acostumbrado a hacer siesta, voy al gimnasio, luego regreso, leo un poco más, generalmente duermo muy temprano, a golpe de 5:30 a 6 de la mañana ya estoy en pie. Tomando mi cafecito en las mañanas porque andino que no toma café en las mañana, no es andino”, comenta con jocosidad.

 

La actual zona de Maruma, ahora conocida como Arapuey, tierra que Ramírez conoce como anillo al dedo.

Luis Ramírez comparte su amor por la historia, con otras grandes pasiones, que muchas veces caminan de la mano, sin celos algunos.

“Me apasiona viajar, me gusta mucho Bogotá, por las inmensas edificaciones coloniales que atesora. Me encanta Coro por esa cantidad de edificios hispánicos y de las ciudades europeas me gusta mucho Sevilla, porque tiene ese maravilloso archivo con un tesoro del mundo en información y otra ciudad que a todo el mundo le agrada, que si por mí fuera viviría un poco de tiempo allá, que es París, pero todavía mis publicaciones no me han dado los derechos de autor suficientes como para vivir allí”, dice entre risas.

Pero como buen emeritense, ama a su ciudad natal.

“Sobre todas esas ciudades que nombré está mi Mérida que me fascina y vivir aquí es un placer, eso es indiscutible. Eso de levantarse en las mañanas y ver aquella Sierra Nevada frente a nosotros no tiene precio. Todos los días abres los ojos y miras esa inmensidad y esa belleza de montaña cubierta de nieve, con esos colores entre verdes, azules, rojos, rosados… A veces uno camina y levanta la vista y dice: qué hermosura de cielo y digo: Gracias Dios por esa hermosura que nos dio para vivir, con un clima hermosísimo, esos paisajes”.

No obstante, no todo es belleza y armonía en la vida de Ramírez. Cuando habla de la situación actual del país, su voz refleja preocupación por el futuro de Venezuela.

“Realmente la situación no es nada halagüeña. Hay una frase de Mills que es del siglo XVIII que dice que la riqueza de un país solo se mide por el trabajo de sus habitantes. De ser así, nosotros estamos muy mal. Estamos muy empobrecidos por eso. Hay mucha gente que depende del Estado. Para los merideños, el Estado es el Estado, en cambio para el resto del país el Estado es el medio de supervivencia. Ahí es donde está el razonamiento. Nosotros tenemos que crear al venezolano emprendedor, el venezolano que debe luchar por hacer su riqueza y por exigirle al estado que cumpla con sus funciones que tiene que cumplir, que es ser garante del derecho, de la igualdad, de la educación, de la salud, la seguridad, y no me refiero solamente a la seguridad personal, policial, sino a la social, que si las personas necesitan un medicamento lo tengan, que lo puedan ir a comprar, que tengan comida, que tengan abastecimiento pleno, que la gente pueda moverse, que pueda emprender y enriquecerse con su trabajo”, sentenció.

“Yo veo la reconstrucción del país muy difícil, muy cuesta arriba, porque recuerde que todo proceso de reconstrucción pasa por la educación del país y la de sus ciudadanos y si nosotros tenemos que los grupos más educados han emigrado del país, ¿qué nos espera? El día que esto cambie, cuántos de los venezolanos van a estar preparados para realmente enfrentar lo que viene y no es reconstruir al país, es prácticamente construir al país de nuevo, construir ciudadanía, reparar todos los daños, reparar el aparato productivo, el sistema de vialidad, el sistema eléctrico, de telefonía, todo lo que es la infraestructura del estado. De dónde van a  venir las inversiones si nosotros no garantizamos la seguridad y confianza de esos inversionistas que van a ser extranjeros, porque venezolanos yo dudo mucho que haya. Los venezolanos vamos a quedar arruinados”, profetizó con un dejo de amargura.

Sin embargo, asegura que permanecerá en el país que escuchó su primer llanto y donde aprendió a escudriñar los procesos de la historia.

“Yo no me voy nunca de este país. Yo me moriré aquí, porque saldré de Venezuela por compromisos en el exterior, pero porque yo haya pensado dejarlo, es muy difícil. Los merideños por naturaleza no migran, y si lo hacen es por necesidad y migran a zonas cercanas con la esperanza de regresar lo más pronto posible. Hoy hay mucha gente que se ha ido de aquí, porque sienten que ya no hay posibilidades, pero yo, de que yo me vaya, no. Primero yo soy un historiador y estoy amarrado a este país, mis fuentes de trabajo están aquí y conocer los archivos como yo conozco los merideños lleva años, 10, 15 años de estar sentado ahí, leyendo, leyendo todos los días…”, aseveró.

Para finalizar la entrevista con otro sabor de boca, más agradable y con ese toque de dulceamargo que deja el alimento de los dioses y de los no tan nobles, señaló:

“No hay cosa más sabrosa que comerse una torta de chocolate, pero todos debemos saber que cada vez que uno se comen una torta de chocolate hay cientos, miles de años en Venezuela, de trabajo arduo, para que ese trozo llegara a su boca”.

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